Chile no tiene festival |
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Por Guido Arroyo |
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Nunca fui bueno para el memorice, pero tengo certeza de que en el diaporama exhibido el primer día de la edición número 50 “del festival”, aparece Salvador Allende. Fue sólo una toma, pero aparecía fugazmente, como lo hacían dos veces Miguel Bosé, el Puma, Luismi y en tres ocasiones Antonio Vodanovic, encargado de abrir la fiesta conmemorativa, que cada año se vuelve el tema central del verano chileno. Cuando Antoni saludaba al “monstruo”, nadie recordó que bajo dictadura fue uno de los directores de TVN. Esa atávica amnesia general, refleja un problema mayor: ¿Por qué, en el diaporama, no aparece Pinochet? |
Resulta imposible. Su ausencia tiene por motivo paradójico la amnesia, invitarnos a pensar en el Festival de Viña (esa ciudad “bella” plagada de ex dinosos) como un evento de talla internacional, que alberga a grandes artistas y cuya celebración pertenece a todos los chilenos. |
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Pero este festival dista mucho de ser una instancia social. En primer lugar, se diferencia del carnaval, que según Mijael Bajtin -un ruso fascinado con Dostoveisky que reprobó su tesis de doctorado-, actúa como evento “purgador” para los participantes, que dan rienda suelta a sus deseos amorales según la iglesia, permitiendo además un breve simulacro de igualdad, pues tras las máscaras no existe distinción de clase. La festividad en cambio, es una instancia comunitaria que pone en manifiesto un sentimiento de alegría colectivo. En ocasiones se refleja con actos simbólicos, como quemar objetos indeseados, o, mejor aún, un buen asado y borrachera en un espacio público. Pero en Viña eso sería imposible. La alcaldía prohíbe poner carpas para ver los fuegos artificiales para el año nuevo y los noteros de canales no acreditados, como los ex símbolos pokemones Arenita y Karol Dance de Yingo, tienen que hacer peripecias para ingresar al hotel y sacarle una cuña al pacifista Juanes, que apoya al único presidente de derecha de la “región”: Álvaro Uribe. |
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Otro elemento particular de este festival es el “monstruo”. Se trata de un ente autónomo cuya fuerza surge del anonimato. Se divide entre estrellas de TV, empresarios tipo Farkas, padres que llevan a niños ansiosos de ver a Amango, gente C3 que junta plata para oír -como única experiencia festiva de su verano- el perreo de Dady Yanqui (uno de los latinos que apoyó la candidatura del republicano Mc Cain). Ellos dictaminan -manteniendo el tic autoritario- quién se lleva la Gaviota, pero no tienen incidencia en los invitados o el alza de las entradas. Ellos creen que ejercen un derecho, mientras con su presencia están siendo simulacro irónico de lo que significó el concepto de lo popular, deteriorado tras el golpe del ‘73. Por eso, los habitantes rotativos del monstruo son parte de un mecanismo compensatorio, que capea entre otras cosas la nula noción de democracia económica, la creciente limitación sobre lo que aquí se llama “espacio público”, la vigilancia como estrategia de seguridad nacional (Plan Cuadrante). |
Son, en definitiva, quienes sin saberlo aceptan la chapa peyorativa de público popular, clase media arribista y apolítica, que olvidó la Mesocracia y cuya música es y será el una y otra y otra vez de La Noche, aunque le pongan violines encima. Hablando de Sound y chascones, recuerdo un dato interesante. Mi hermano querido, músico punk, orientador familiar y actual cesante, le tocó telonear a Bom Bom Kid en Valdivia. Entre latas de cerveza ellos contaron una anécdota. Una vez les tocó compartir bus con American Sound, aquella banda que ponía a la luna como testigo del amor a una chica y luego hacia el amor toda la noche con la luna de testigo. El asunto es que los Boom Boom estaban incómodos con la obligada convivencia, hasta que el guitarrista de American los reconoció y les dijo que él era metalero, de los buenos, y hacía esto sólo por dinero. Tras demostrarlo, llegó a compartir escenario con los Boom. Caso parecido ocurre con el bajista de la banda revelación La Noche, que pese a ser jazzista y escuchar Mars Volta, dijo en The Clinic que si Pinochet le pagara por estar en Viña igual iría. |
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Su dicho nos devuelve al inicio del problema. La verdad es que a mí me hubiese fascinado ver en el diaporama a Pinochet. Saludando con su capa, chupando vino e cacho, riendo impune y tapado con las Ray Ban. O ver una escena en que Lucía le gritonea porque figura abrazado a la alcaldesa de Viña (tan o más patética que la actual ballena Reginato), y que además apareciera de la nada el monigote de Cuadra, llamando al director a última hora para conseguir otro artista, que el presupuesto es ilimitado porque se debe cubrir alguna noticia contra el régimen, y que lucieran sentados Allamand y Piñera, como en el año 91, tras la primera presentación de Los Prisioneros sin Narea y con esa tecladista que parecía maniquí, y los jovencitos de la derecha ya opinaban sonrientes que González estuvo macanudo, que este es un país respetuoso que tras nuevos diecisiete años de concertación necesita un cambio. |