Habla memoria, o la construcción de dos hombres

 

Reflexiones dispersas acerca de "La novela luminosa", de Mario Levrero.

Por Simón Soto

El primer recuerdo que tengo acerca de un diario de vida aparece cuando cursaba quinto o sexto básico. Mis compañeras, en su mayoría, llevaban uno. Aún persisten en mi memoria esos pequeños cuadernos con diseños de flores y animales caracterizados como humanos. Era extraño verlas compartir sus escrituras preadolescentes entre risas cómplices y mejillas coloradas. A mí no me interesaba llevar un diario. ¿Qué iba a escribir allí? ¿Lo malo que era para jugar fútbol? Y mientras los hombres, con mayor o menor suerte, nos entregábamos a la furia del balón, las chicas del curso, sentadas bajo unos hermosos pinos, seguían leyéndose sus respectivas aventuras. Pero algo cambió en ese tranquilo ir y venir de los recreos. Fue por uno de los niños más extraños del curso. Un muchacho muy alto que utilizaba unas gafas con mucho aumento, lo que hacía que sus ojos se vieran gigantescos tras los cristales. El muchacho era un fervoroso católico y un comprometido scout. Tenía opinión para todo; y por supuesto, era blanco de las burlas más crueles. Par terminar el cuadro, debo mencionar que estaba enamorado de la chica linda del curso. Antes de que sucediera el hecho que cambiaría mi percepción sobre los diarios de vida, lo vi varias veces observando a las niñas bajo los pinos. Él, sentado con un yogur, mirando a las chicas. Dos o tres días después trajo su propio diario. Pese al riesgo implícito en el acto, los hombres nos limitamos a ver, en silencio, cómo ese diario pasaba de mano en mano entre las niñas. Hasta que llegó a las manos de la chica linda. El muchacho de las gafas gruesas la miraba ansioso. Después no recuerdo qué sucedió. Tampoco si se comentó entre los compañeros y compañeras el acto del muchacho de las gafas. Probablemente ha pasado cientos de veces en muchísimos colegios. Pero yo no me lo he podido sacar de la cabeza. Ahora ese recuerdo se aquieta. De alguna manera, se cierra. Con un libro inclasificable, y que viene instalarse en el panorama narrativo como un hallazgo, o tal vez como un temprano y afortunado redescubrimiento; La novela luminosa, del fallecido uruguayo Mario Levrero.

No sé bien por qué comencé recordando ese episodio del final de mi infancia. Tal vez por el pudor que me produjo ver a todas las niñas leyendo ávidas las páginas de ese diario de alguien del sexo opuesto. Es que ahora, con varios años encima y con otras tantas lecturas, La novela luminosa le da un nuevo sentido al registro de un diario. Eso creo vislumbrar a través de sus páginas. Y el pudor vuelve a aflorar, pero reinventado. No es sólo pudor, es también precariedad y valentía, porque Mario Levrero (y dejemos claro que el personaje de la novela, no el autor) es un valiente. Un hombre que sobrevive entre imágenes extrañamente cotidianas, mujeres (que a veces parecieran ser sólo sus siluetas, o las sombras de esas mujeres), recuerdos y la frustración. He aquí por qué Levrero (e insisto, el personaje) es un tipo lleno de valor; se enfrenta a un proyecto que está muerto desde antes. La novela luminosa es la génesis de un fracaso. Claro que fracaso para el personaje, el hombre tras el computador imposibilitado de la calle, perdido en las horas nocturnas más solitarias, sabiendo de antemano que esa novela luminosa, proyecto con el cual ha postulado a la suculenta beca de la Fundación Guggenheim (y que más encima el Señor Guggenheim, personaje que Mario delinea con tanto humor en las páginas de su bitácora, se ha dignado a otorgarle), está destinada a desaparece, o más que ha desaparecer, a no existir, a ser sólo un esbozo, una idea que jamás llegará a puerto, una novela condenada al cementerio apócrifo de la literatura. Aquí el valiente Mario, personaje, pierde. Y Mario, el autor, se erige como uno de los narradores más arriesgados del escenario literario actual. Mario decidió sacrificar a Mario. El Levrero de las páginas se pierde irrevocablemente entre los guisos de Chl y su computadora. Es ahí donde nace, con la pérdida y los intentos irrevocables de evocar los 5 capítulos de esa novela luminosa fallida, que se construye esta obra mayor.

Por algún motivo no sé con quien podría emparentar al chico de las gafas gruesas de mi infancia. No sé si es el Mario autor o el Mario personaje. Pero también me pregunto por qué ha de haber dos Mario Levrero. Tal vez son las elucubraciones de un lector demasiado acostumbrado a moldes narrativos predecibles, a novelas y libros más experimentales que sólo se quedan en eso, en la soberbia de erigirse como obras vanguardistas. Pero La novela luminosa no se pierde ahí. Levrero está lejos de eso. Aquí no hay moldes, ni tampoco la destrucción de estos. En este libro hay un modo completamente abstracto y a la vez acabado de entender la literatura. La novela luminosa, pienso, no es una novela, ni un diario, ni tampoco un experimento. Su escritura va más allá de eso. Levrero apuesta por la indagación del acto del creador frente a su obra. Entonces, la búsqueda misma constituye la obra en sí. Eso es lo que nos dice Levrero a través de estás casi 600 páginas. El sentido que cobra el diario se intensifica aún más con las partes que siguen: La novela luminosa que concibió originalmente y el epílogo del libro. En estas 3 partes de la novela es posible advertir una misma voz transmutada a través de los años, las experiencias, la soledad y la construcción de un narrador (que se ha fundido con las páginas) que trascienden a la obra misma.

Pero por qué no evocar también este libro simplemente como un lector deslumbrado con sus páginas. Levrero también nos lo permite. Por algo nos cuenta dónde nace esto, con él bastante más joven conversando con un amigo que prefiere no revelarnos. Levrero habla con su amigo sobre la imposibilidad de traspasar al papel ciertas experiencias luminosas, que por ser tales, son imposibles de ser escritas. El amigo, incrédulo, anima a Levrero a hacer el experimento y atreverse. Eso es lo que nos explica en el prólogo de la novela. Los intentos de escritura que llevó a cabo en los ochenta, cuando lo aquejaba un problema a la vesícula y su estado emocional y económico eran sólo desequilibrio. Voy al prólogo de la novela porque el autor nos menciona su intención, es decir, construir desde las imágenes que para él son relevantes. Tomar esas imágenes y comenzar a darle una dimensión literaria. Indagar en la imposibilidad derribando la imposibilidad misma. Las distintas experiencias luminosas, entonces, empiezan a surgir como novelas paralelas, modos distintos de contar esta historia. El cadáver de la paloma y el rito de su viuda, la obsesión de Mario con la computadora, Chl y sus visitas y comidas, el taller de los jueves, la chica de los ojos claros, la perturbadora relación sexual por el ano que Mario tiene con una de sus amantes, los horarios gravemente cambiados, y tantas otras imágenes poderosamente evocadoras que desmienten al personaje, en tanto que no podrá llegar jamás a realizar de estas escrituras al parecer dispersas una novela luminosa.

Vuelvo a la escena del muchacho de las gafas gruesas pasando de mano en mano su diario. Por supuesto, es imposible encontrar algún sentido ahí. Pero me gusta recordarlo, y recordar a las niñas como lectoras voraces de un diario que quizás dejó de existir hace tiempo. Un diario que es sólo un pretexto para hacer literatura. Una gran (por cierto la única posible) para entretejer una novela luminosa, no cualquiera, La novela luminosa de Mario Levrero, obra de la cual es imposible siquiera vislumbrar los alcances que tiene y tendrá en la literatura; siempre que ésta quiera ir más allá, donde sólo los valientes son capaces de llegar.

¿Te gustó? Déjanos tu comentario

 

   

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SITIO OPTIMIZADO PARA EXPLORER RESOLUCIÓN 1024 X 768

DISEÑO WEB: LORENA WASTAVINO ®