Matías Ellicker

(Chile, 1982)

 

MIXQUIC

Ir mordiendo tu pelo impulsado por la brisa que entra al coche
no importar que afuera pasen pueblos oscuros desconocidos
Ir bebiendo el sudor de tu cuello hacia Mixquic
no importar policías borrachos el misterioso susurro de viejos televisores
uñas de niños asomados a las ventanas riendo porque saben algo que yo no sé
Arrastrados en el coche hacia la leche de la mañana mordiendo tu pelo
no me importa policía borracho ni la leche ni ninguna mañana
Me quedo en la noche y no mirar los vómitos a la luz de las farolas
el susurro de las radios las uñas pintadas de las niñas con los puercos
Yo vengo de esta noche a la leche de la mañana esa verdad
que los niños ríen acodados en las ventanas temblorosas de la carne
Ya nada importa es sólo que no puedo olvidar lo que esos niños decían
¿Recuerdas lo que esos niños decían, amada mía?
Que ni ellos ni sus hermanas serían jamás nuestros hijos.

 

 

CARVER Y AMANTES

Es fácil amar a una santa, amar sus túnicas y las comisuras
de sus labios al juntarse. Lo difícil es abrir la puerta a
medianoche y ver a tu mujer borracha, con el diafragma
roto alrededor del cuello y el rimel corrido de rodillas en el rellano
bajo una ampolleta débil sin apenas poder balbucear tu nombre o el suyo
llevarla hasta la cama después que ha manoteado la urna
arrojado al suelo los libros que le diste y ha dejado
la cocina hecha un desastre. Lo difícil es contener las ganas de llorar
e irse a beber a los bares del muelle donde un negro sin dientes
brilla como Los Ángeles. Sentarse a los pies de la cama,
sacarle los zapatos, y cubrirla con una manta
mientras el amanecer parece más lejos que nunca.

 

JUAN CERVERA ANTES DE LA GUERRA

El ajedrez entendido por una bailarina de flamenco
creo en el arte y en los gestos que detienen la escarcha
las canciones que despliegan su delta y cada brazo –a la sombra
de los escenarios de marfil– dilatando la leyenda coral del precario norte
No sólo cuerpos abandonados entre las piedras
no sólo cuernos hiriendo la tarde a la entrada de los ranchos
En el aparcamiento Peguero y yo buscamos su automóvil
hay miles idénticos hay miles de rostros sudando
en medio de la noche, susurrando el nombre de quien aman
la carrocería está cubierta de cagadas de paloma
y esas cagadas son la certeza de que estos atardeceres
se rompen en los ardientes metales y en el sueño
del minusválido que nos aguarda el viento
es una madre que pare libremente en el Valle
la fuerza que agita sin tregua los huesos de los dictadores
o como dice Cervera –poeta español en tierra azteca–
certeza de que jamás lameremos la verga de las divinas garzas.

 

 

DERECHOS Y LIBERTAD DE LOS MOTOCICLISTAS

Cuando las motocicletas desaparezcan tras la Plaza de Toros
y podamos ver al fondo de fábricas abandonadas a muchachas
que hablan sobre el tiempo desvaneciéndose en él 
Cuando todo lo que esperen de los veranos sea correr descalzas
por fotografías en blanco y negro libres de la brisa
que agita mecedoras en los párpados de los psiquiátricos
y la Posteridad no sea más que una taberna donde espero
conseguir trabajo –una compatriota sin rostro, pero cálida,
diciéndome al oído que nadie sobrevive –ni ella ni las fotografías
ni nosotros– al viento intermedio que separa de sí a los espejismos. 

 

SAN JUAN DE LA CRUZ, CANCIÓN VEINTISÉIS
y pacerá el Amado entre las flores

México, me diste una mujer y lo desperdicié.
La amaba como mis pies caminar sobre cristales rotos
amaneceres donde sólo espero desmayarme
o trizar el vidrio transparente que protege a la Virgen
del vertiginoso río metálico de la urbe.
Quienes han cuidado de mí perdieron su tiempo.
Quienes lavaron alguna camisa mía con rastros de sangre,
semen o pasto de patios escarchados por el rocío.
Quienes esperaron a que la lucidez me bajara del caballo
que agoniza ante el dique seco, para volver a la Academia.
Los que me han llamado hijo, correligionario
o marica. Esa mujer a la que besé en los senos
y que ahora acariciará algún otro que no se emborrache
con mezcal barato. Hay quienes sólo podemos
levitar hacia una madre que no es la nuestra
y que aguarda a soldados muertos. México, yo no seré
soldado y aún no estoy muerto, pero voy camino a un vientre
que me desconoce. Desperdicié también tus antologías poéticas
la leyenda de esos cuerpos de hierro militantes en el ayuno
y el beso. México, mordí sus pezones y estoy llorando,
pero si te preguntan di que donde sólo brilla el halógeno
he hallado la perla. México, estoy muriendo, y nadie preguntará
qué hago desde hace días junto a la radio apagada.

CORMAC McCARTHY

Mi amiga extiende las plumas de ganso y sueña
apoyando la cabeza en la cantimplora vacía. Yo oigo
los aullidos de los coyotes y observo la pálida luz de las estrellas
en la hoja de mi cuchillo. Estamos en algún lugar de la tierra
y con esa seguridad mi amiga duerme. Cuando los salvajes
vengan cubiertos de pieles, levantando polvo con sus todoterreno,
los estaremos esperando. Yo despierto
y mi amiga soñando.

 

DENVER, AÑOS TREINTA

En esa época todas tenían sífilis y los buenos hombres duros
estaban hundidos verdaderamente rotos junto a sus
fragmentos de espejo y pulmón afeitándose con manos temblorosas
y los vellos se acumulaban en las letrinas y los camastros
rechinaban no de miedo no de rabia sino de tristeza y
el mutilado tenía vino para eso y las mujeres tenían
sífilis y las madres se habían ido a otros agujeros
no soy ningún héroe en esta época no he robado
ningún coche ni se lo he metido a fondo a ninguna chica
ni siquiera tenemos rabia y los días pasan y yo
observo al coche que se mueve deseando la muerte
que dice buscar el fin pero que sin embargo bordea
el acantilado y no se decide y a este caballo le digo
no te muevas hacia el vacío sigue corriendo
deja que el vacío venga solo llamando por mi nombre
Neal Cassady Neal Cassady Neal Cassady
y mientras eso no ocurra fíate a las estrellas 
apaga las luces y sigue corriendo
a algún sitio hemos de llegar.

 

CRUDO DE MAYO

es la Reina de este apartamento y llega al alba arrojando mi manta al suelo
dice que el baño parece baño público
que nadie recoge el estiércol en esta ciudad una vez acabado el desfile
deja su cartera en el sillón donde dormía
–la luz me hiere ya no puedo dormir
este es el sitio donde algo tiene que cambiar, me digo
la Reina se prepara té y se saca los zapatos junto a la estufa eléctrica
estuve vomitando toda la noche, solo
un sitio demasiado real, como esto
quién eres, pregunta, jamás te he visto
y después quiere saber dónde está su compañero de apartamento, el
conquistador español que gasta sus euros en cocaína sudamericana
y le digo no sé, salió, toda la noche fornicando en camas mudas, blancas,
el estiércol mudo en las calles y mis rodillas impactando las baldosas del baño
–mudas como esta luz que me hiere
Dios, dice     y yo casi puedo verlo empeñando un collar
en estos dormitorios
para seguir con la locura y la muerte
mientras en la radio anuncian el invierno más frío del que se tenga
memoria

 

OTRO POEMA PARA CARVER

A veces me gustaría que Raymond Carver
abriera la puerta.

Yo estaría viendo una película,
el calor una mosca atrapada en la casa,
y Raymond se sentaría a mi lado en el sillón.

Entonces, me habla. ¿Qué película
es esta?

No sé, respondo, llevo viéndola
algunos minutos, pero no sé
cómo se llama.

Creo que la he visto, dice.

Quisiera poder ofrecerle algo de beber,
pero sólo hay alcohol en el mueble
y ya ninguno de los dos bebe alcohol.

Quisiera que el agua saliera
realmente helada de la llave.

Un modo sencillo de despertar.

Poder decirle que hace tanto tiempo
nadie me habla, y esto casi es verdad.

Poder decirle lo mucho que lo quiero.

Entonces él pone su mano en
mi hombro, eso es todo,
y yo recuesto mi cabeza en el suyo.

Y lloro.
Y la película avanza.
Y sigo llorando.

Y Carver dice sí, la he visto antes,
pero no logro recordar el final.

 

ELOÍSA Y YO

Abrazados desde la ventana de un edificio rojo
en mangas de camisa mirando
el atardecer de esta ciudad como el de cualquier otra
pero no es cualquier otra y nunca más tendrás 22
y yo 24 años mirando a los niños subir las escaleras
hasta la azotea del edificio próximo
a dejar sus párpados en un alambre
que va de Oeste a Este de los besos entonces
a la próxima Esfinge que maraville
y entonces, tú y yo,
vemos que los niños cuelgan sus párpados
con lo que en Chile se llama “perros para
la ropa” y en México no sé
quizás en tu voz un penétrame
y cambia, deja de llorar
niños que cuelgan sus pieles
como si quisieran observar para siempre
el atardecer, como si no quisieran que llegara
nunca la noche, y por tu perfil
sé que ya no es hora de agregar más
pero si te preguntara
por qué sólo los cuelgan
y no dejan que se los lleve el viento
tú me dirías que así como las pesadillas van
vienen.

 

LID

Tiene que ser un dolor muy grande el que lo obligue a dejar
de beber. No es fácil. Algo muy grande
ha pasado para que esté ahí, entre sábanas sucias
un viernes por la noche, tratando de dormir,
sintiendo los más de treinta grados del día acumulados en el
dormitorio. Por supuesto, durante el atardecer y la noche
el calor ha menguado, pero es lo mismo. Verano.
Una mierda. No es fácil. Música de hélices
insuficientes. Y propagandas de cerveza
en el televisor del living-comedor.
Tiene que haber sido una mujer importante,
o la esperanza de que otra llegue
como para no ir a meterse un trago
o sentarse en un sillón rojo
que huela a semen y a whisky barato
a esperar que una sombra (ha pensado sombra
pero tiene los dientes blancos de un perro
en las sombras) se eche en sus rodillas,
rodillas sudorosas bajo las sábanas del viernes
pensando he dicho whisky barato como si conociera
otro. No es fácil. Cerrar los ojos
y no pensar en las parejas jóvenes copulando
en los miles de edificios que construyen a diario.
Salvajemente. Como no puede. Dulcemente.
Como no sirvió de nada. De nada.
Y los viejos en el living dicen: si siguen
construyendo de ese modo ya no podremos
andar en cueros por nuestros propios jardines.
Tendrán que dejar nuestros ataúdes blancos
en estacionamientos subterráneos. Y una mujer
o la sombra de una mujer se acerca a una ventana alta
y sostiene una bolsa, abre la boca, y
enseñando sus dientes de perro
arroja a la basura todo aquello
que él alguna vez creyó importante

 

PIEL NEGRA

A ella se le ha olvidado decirme dónde se enciende la luz
ella es eternamente la luz pero acá abajo, en los pozos,
en el cuero de los coches, en las sillas mecedoras que
una noche quedan quietas en los porches

ella es la luz y no puede esperar y yo estoy a oscuras
no puedo leer, digo, mierda, y la noche es húmeda,
y los zancudos me observan desde el otro lado del parabrisas
y yo digo que mi mujer es la luz

ella está estudiando política y yo espero en su coche
y la noche es oscura como la piel de esta novela
ghettos, perros policiales, torniquetes e hipodérmicas
pero nada de esto es consuelo sólo puedo esperar a mi

mujer la noche es oscura y el sueño me invade
una mano se posa en mi muslo y un rostro me enseña
sus dientes rotos, aquellos días, aquella novela

y tu coche se bambolea lado a lado y las capuchas blancas
agitan el coche y yo estoy muriéndome de miedo
pero Leroi vomita un alijo de diamantes
y les pregunta si eso es lo que quieren, si lo que desean

es una pata de cerdo, un pavo para navidad, y mi mujer
llega y me dice lo siento olvidé decirte dónde estaba la luz
ella era la luz la quería mucho y ella me dijo
yo también te quiero abróchate el cinturón.

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