Santos y Ganadores

Por Alvy Singer

Después del éxito-sorpresa en la cinematografía chilena Promedio Rojo, Nicolás López lanzó un proyecto todavía más ambicioso llamado Santos: es, entre otras cosas, una apuesta prematura por la estética tebeística y digital que tanto ha triunfado en Sin City (comparten estudio de efectos, Troublemaker Studios) y 300, una comedia romántica de acento puramente nerd, una historia superheroica con el mundo en peligro y… ¿un gran fracaso en taquilla?

Las claves de Santos no hay que encontrarlas tanto en sus referentes, como en los errores de su primera película: después de un divertido inicio, López alarga una anécdota y exagera el sentimentalismo de su protagonista, con una historia de amor imposible que bebe a partes iguales de “Sueños de un seductor” (la escena final del aeropuerto) y Kevin Smith. La película sólo es interesante cuando funciona como enloquecida perversión juvenil de algún que otro territorio Almodovoriano (esa protagonista con un padre muerto en un toro mecánico) con un punto de humor digno de un Alex de la Iglesia harto de tequila y en pleno enamoramiento teen. Sin embargo, López demuestra un lenguaje pobrísimo (un uso de la pantalla partida obvio y aparentemente emotivo, unos clásicos y amanerados travellings laterales) y cae en un error impropio incluso de las comedias adolescentes más tópicas: pierde ritmo e interés a cada paso y abandona los gags para dar paso a una historia de venganza freak entre conmovedora y bastante poco redentora.

Pero en esta segunda película, López demuestra ser un hombre todavía más radical en su puesta en escena y se atreve a mezclar multitud de géneros para contar una historia de amor en medio de un multiverso recién sacado de tebeos de la DC y Marvel. En medio de estas crisis en tierras infinitas, llega lo más interesante de esta película: que nuestro protagonista, Salvador Santos, no se va a limitar a vencer al malo y quedarse con la chica, sino que está, paradójicamente, condenado a ser su artista. Santos sostiene que la dicotomía entre superhéroes y supervillanos es la que hay entre artistas y mecenas, entre estrellas y patrocinadores… una conclusión inquietante que deja momentos memorables por el camino (el plano secuencia del incendio, el inicio de la película con una poética de un Javier Fesser nacido en los ochenta mezclado con un Grant Morrison de instinto triste y satírico) y la idea de que López ha dado más vida a su villano, el condenado Arturo Antares, que a su héroe.

No resulta nada casual que la película favorita de su autor sea Spider-Man 2: como Harry Osborn en aquella, Santos es la historia de un villano que no quiere serlo, condenado a hacer el mal por una inercia que quiere esquivar. En ellas el héroe es poco menos que un catalizador y la chica… una estabilidad que, en el mejor de los casos, nunca llega. En esta historia hay unos actores estupendos y algún que otro desvarío evidente (Elsa Pataky está brillante y conmovedora en algunas escenas, pero algo descuidada en otras) pero en su contradicción que encierra su historia (la de un artista/superhéroe condenado a ser esclavo para salvar al mundo de sí mismo) reside su mayor y fascinante encanto, traducido en una estética que mezcla tebeos de superhéroes, alucinación anime y aventura sideral a la Ultra-Man.

 

¿Te gustó? Déjanos tu comentario

 

   

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SITIO OPTIMIZADO PARA EXPLORER RESOLUCIÓN 1024 X 768

DISEÑO WEB: LORENA WASTAVINO ®